"Me ignora", fue el primer pensamiento que se le vino a la mente luego de notar los bruscos cambios que estaba sufriendo su carácter, su trato con ella, las palabras, la ausencia de todo ápice de lo que, hasta hace muy poco, era su mayor felicidad.
Estaba ausente, ya no hablaba igual ni reía con las mismas cosas. Probablemente, ya no le entusiasmaba la idea de salir juntos, o puede ser, tal vez, que tenía algo guardado de lo que no quería hablar. Las razones sobraban, las conclusiones podían llegar a un sinfín de puntos distantes; el
problema era que a ella le afectaba mucho más de lo que podía imaginar, y de pronto se veía llorando en el escritorio, pensando en cómo preguntarle, en cómo hacerle ver que ya se había dado cuenta del cambio...y craneando en su mente mil y una formas de no resultar invasiva.
Y él no aparecía.
Ya eran casi cuatro días de angustia, del hilo delgado del que le pendía el corazón, de la piedra bloqueando la garganta y vías respiratorias. Cuatro días. Entretanto, él no hacía nada más que evadir, ignorar, hacerse de algunas excusas tan graciosas que ni un niño las hubiera creído. En parte,
ella pensó que él quería ser descubierto, quería que le preguntaran, quería lograr algo; quizás, desahogarse, escapar o algo similar.
De un mar de sonrisas su vida se hizo un océano lagrimal indescriptible. Su seguridad se fue al suelo y sus ilusiones se fueron guardando donde pudieran estar seguras de no hundirse entre tanta angustia.
Pasaba la hora, pasó el día y ella sentía que se le estaba viniendo el mundo abajo. Empezó a culparse, a pensar si había hecho algo mal, si había dicho algo que le molestara, si ya no era lo suficientemente bonita, si ya no era interesante o si, tal vez, él ya tuviera otra compañía. Este último
pensamiento era el menos probable, conociéndolo como lo conocía, pero el que más le aterraba.
Se estaba sientiendo estancada, inútil, insulza e intentaba pensar en otra cosa. Salía con una de las amigas a hacer compras innecesarias, para no pensar en ese asunto que la agobiaba; por otro lado, la amiga notaba la disconformidad y el desasosiego del que estaba siendo presa.
"Estás desfigurada como nunca" fue lo único que pudo decir antes que ella se fuera contra el respaldo del asiento del auto, echando lágrimas infinitas de tristeza. Incluso fue cobarde, porque no le dijo todo como había sido; pensaba que no debía prejuzgar sin haber hablado antes con él. Ella era
justa y él merecía el beneficio de la duda.
Más fueron las horas que se deshizo pensando en la situación, que las que había dormido en los últimos días. Tenía el cuerpo cortado en cuatro y los ojos tan rojos que parecían pimientos.
...En el fondo ella lo sabía todo y no quería abrir los ojos...
A veces la realidad suele presentarse en la forma que más hiere a las personas. Algunas logran asimilarlo y otras se escudan en su cobardía, en las excusas y en mentiras piadosas. Hay otras personas que vomitan su dolor y su alegría en pedazos de papel que luego tiran a la calle para que otro los encuentre y aprenda un poco de la experiencia ajena.
¿Hay alguien que quiera enseñarle a vivir?
Su castillo se va cayendo a pedazos, los cimientos ya no le dan más y el peso que carga en los hombros le ha ido destruyendo la columna de a poco. Su cervical se está deformando y la cruz que carga es cada vez más pesada. Siente que debe actuar, que debe hablar, que debe hacerle ver su apoyo y su amor. Pero nada de esto es posible si no hay dos partes que pongan los brazos para cargar con los pesos que la vida les pone por delante.
No hay conciencia capaz de soportar tanto, ni hay frases más tristes que las que puede escribir una persona que se lleva toda la pena a un baúl...y la esconde. Oculta sentimientos, verdades, mentiras, insultos, gritos, lágrimas y apologías...y lo hace por temor de verse vulnerable al resto; quizás a la
familia, a los amigos que nunca supieron de la existencia de quien estaba del otro lado y que le veían como alguien tan fuerte y autosuficiente, pero no era cierto, porque él no era más que una persona temerosa de lo que estaba viviendo, y ella, sólo un personaje más en esta historia de nunca acabar.
Era ella, la que debería obtener el título de mártir, pero no lo quería. Era ella...la que lloraba desconsolada en el hombro de la única persona que quiso escucharla; era ella, la que se iba envenenando la sangre con licor y liándose cigarrillos a mano cuando quisiera sonreír.
Lamentablemente, la única sonrisa de la noche se la dió el efecto de la hierba entrando desde el cerebro hasta el estómago, haciéndole trizas las entrañas y provocándole un dolor físico tan fuerte que no podía soportarlo.
Fue entonces cuando apagó la luz y alguien escribió esta historia de desenfrenado dolor e impaciencia. Y ya todo estaba hecho, no había remedio más que esperar, si es que él aparecía sonriente para decirle que todo estaba bien y que esto no fue más que un mal sueño.
dimarts, 13 de febrer del 2007
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