Lo reconocí después de mucho tiempo, y era el mismo. No había cambios extremos, ni crudos, ni bruscos; conservaba la escencia tal cual la había dejado muchos eneros atrás.
Enero, tal como este mes en curso. Un enero que descubrí algo especial en esos ojos que tardé en volver a ver de frente, y que aún me intimidan y me clavan un hielo en el estómago...Fue en enero, cuando supe que sólo una cosa segura tenía en esta vida, y era la quemadura profunda que me dejó en los labios, que no salió nunca de ellos, hasta otro enero, de años después. Un enero de día veintitrés a las once con veintiocho y junto a un árbol cercano al metro.
Dios mío, que yo me acuerde de tanta cosa es para volverse loca. Pero era enero, y éramos nosotros...iguales y distintos, como ayer y como ahora. Como hace tantos años y hace seis días...
Y sí, lo reconocí, con los mismos ojos y los mismos labios; con las mismas manos y el perfume, el cabello, la sonrisa, el sabor dulce, el impregnarse de algo que ni yo sé qué es. Quizás él lo sepa, puede que se lo pregunte
luego, talvez...si no me tirita la boca al preguntarle qué es lo que piensa cuando me clava la mirada como queriendo gritar y no dice nada.
Hace días lo sorprendí mirándome la nariz, la boca, la frente y los ojos.
Sobretodo los ojos.
Yo, como soy de las que se corta, pregunté, quizás inoportunamente si pasaba algo que me miraba así. Me respondió algo tan simple como: "te estoy mirando", y me sentí una imbécil de la peor categoría. Pregunté una tontería que tenía una respuesta tan obvia y simple como esa. Y reí, le bajé los ojos e intenté hacer el loco.
Quizás no lo entiende, pero me intimida. Sé que me quiere decir algo y no lo dice; me desespera y me provoca ternura. Será que somos lo mismo y por eso actuamos igual, y es probable que un día ejerza presión sobre él hasta que acabe por decirme una tontería...y bien merecida la tendría, me pasa por preguntar cuando no debo, debería aprender un poco...
De una cosa estoy segura y es de que no ha cambiado, de que es todo lo que yo sabía que era. Que lo único que se ha modificado ha sido en pro de algo mejor; de que desde este enero y los próximos eneros de aquí a no-sé-cuándo serán los mejores para nosotros y que cuando me cuelgo de sus hombros es porque estoy feliz y quiero que lo sepa.
Sigo reconociendo cosas, y sé que reconoce algo en mi. Descubre, conoce, observa. Usa todos sus sentidos para reafirmar lo que cree y lo que siente, como hago yo a cada minuto, con una canción, con la voz, con un gesto, con un abrazo...
De pronto se queda conmigo, viene a casa, mira la tele conmigo, duerme junto a mi; a pesar de no estar acá, lo siento cerca, porque tengo todo fielmente grabado y almacenado como si fuera la información más importante y verdadera que haya recopilado jamás. Quizás porque es lo único que quiero conservar intacto, porque es mi amor, porque es la pieza que faltaba en el puzzle...la última cara de esa figura hexagonal que estaba incompleta.
Y ahora está acá, conmigo. Siento su presencia tan real y cercana como la pantalla que tengo frente a los ojos.
Enero, tal como este mes en curso. Un enero que descubrí algo especial en esos ojos que tardé en volver a ver de frente, y que aún me intimidan y me clavan un hielo en el estómago...Fue en enero, cuando supe que sólo una cosa segura tenía en esta vida, y era la quemadura profunda que me dejó en los labios, que no salió nunca de ellos, hasta otro enero, de años después. Un enero de día veintitrés a las once con veintiocho y junto a un árbol cercano al metro.
Dios mío, que yo me acuerde de tanta cosa es para volverse loca. Pero era enero, y éramos nosotros...iguales y distintos, como ayer y como ahora. Como hace tantos años y hace seis días...
Y sí, lo reconocí, con los mismos ojos y los mismos labios; con las mismas manos y el perfume, el cabello, la sonrisa, el sabor dulce, el impregnarse de algo que ni yo sé qué es. Quizás él lo sepa, puede que se lo pregunte
luego, talvez...si no me tirita la boca al preguntarle qué es lo que piensa cuando me clava la mirada como queriendo gritar y no dice nada.
Hace días lo sorprendí mirándome la nariz, la boca, la frente y los ojos.
Sobretodo los ojos.
Yo, como soy de las que se corta, pregunté, quizás inoportunamente si pasaba algo que me miraba así. Me respondió algo tan simple como: "te estoy mirando", y me sentí una imbécil de la peor categoría. Pregunté una tontería que tenía una respuesta tan obvia y simple como esa. Y reí, le bajé los ojos e intenté hacer el loco.
Quizás no lo entiende, pero me intimida. Sé que me quiere decir algo y no lo dice; me desespera y me provoca ternura. Será que somos lo mismo y por eso actuamos igual, y es probable que un día ejerza presión sobre él hasta que acabe por decirme una tontería...y bien merecida la tendría, me pasa por preguntar cuando no debo, debería aprender un poco...
De una cosa estoy segura y es de que no ha cambiado, de que es todo lo que yo sabía que era. Que lo único que se ha modificado ha sido en pro de algo mejor; de que desde este enero y los próximos eneros de aquí a no-sé-cuándo serán los mejores para nosotros y que cuando me cuelgo de sus hombros es porque estoy feliz y quiero que lo sepa.
Sigo reconociendo cosas, y sé que reconoce algo en mi. Descubre, conoce, observa. Usa todos sus sentidos para reafirmar lo que cree y lo que siente, como hago yo a cada minuto, con una canción, con la voz, con un gesto, con un abrazo...
De pronto se queda conmigo, viene a casa, mira la tele conmigo, duerme junto a mi; a pesar de no estar acá, lo siento cerca, porque tengo todo fielmente grabado y almacenado como si fuera la información más importante y verdadera que haya recopilado jamás. Quizás porque es lo único que quiero conservar intacto, porque es mi amor, porque es la pieza que faltaba en el puzzle...la última cara de esa figura hexagonal que estaba incompleta.
Y ahora está acá, conmigo. Siento su presencia tan real y cercana como la pantalla que tengo frente a los ojos.
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