dimecres, 14 de febrer del 2007

Nuestra Historia

A ver cómo empiezo todo esto...

Un día te conocí y no sé cómo, pero supe que estaría el resto de mi vida atada a ti. Era algo entre idiota y muy loco, pero no podía evitarlo. Eras mi amor de quinceañera, que apenas había dado su primer beso durante un juego de niños, y que le tenía un cierto rechazo a todo lo que se acercara a una relación amorosa.

Pero apareciste tú, Diego, y todo lo que tenía tan bien estructurado desde mi feminista y cerrado punto de vista se me fue a la puta mierda. Si hiciste algo o no, eso sólo Dios lo sabe, pero mi vida nunca volvió a ser la misma; esos ojos verdes tan brillantes de tus dieciocho años me tenían atrapada y yo no podía escapar de ti.

Un fuego volcánico incontrolable se adueñó de mi útero, de mis huesos, de mis labios y no podía controlarlo. Intenté mantenerme compuesta el mayor tiempo posible y de eso tienes completa conciencia; yo siempre fui una persona de pensar mil veces antes de hacer algo, pero ese día te besé entre la mirada de una pareja lesbiana que estaba frente a nosotros, en el mismo parque, escondiendo su amor entre los árboles del Forestal...Y nosotros, de frente a ellas, sin nada que perder, encerrados en ese beso que yo te dí no sé de dónde.

Fui la peor de las atrevidas, lo sé. Apenas nos conocíamos y yo ya había probado de tu boca un sabor que nunca iba a olvidar ¿Cómo iba yo a coserme los labios si te tenía ahí? Hubiera sido el peor de mis pecados el no haberte dicho que me tenías en un ensueño. Te lo dije, me miraste y tomaste tu bicicleta roja, aún la recuerdo; me diste una mano y me dijiste con los ojos rojos: "Tengo que irme".

Sentí por un momento que te escapabas de mi, que no querías volver a verme y que yo había arruinado esa tarde de viernes veintitrés con el beso idiota que se escapó. Te pedí diez minutos y me diste cinco, mientras revisabas en tu bolso si llevabas todos tus discos y tu flauta estaba afinada. Tocabas mientras yo intentaba decirte que te quería y que por favor no te fueras.

Un beso en la frente y un "hasta pronto" fue lo último de ese día. Ya era pasado de la hora de tus clases de música y tenías que llegar en menos de media hora a Providencia, pero creo que en ese momento tampoco te importó. Lo sé, porque te conozco más que a mi misma, no querías dejarme, pero te fuiste, mientras yo me perdí entre el eco de los buses y el metro Baquedano lleno de santiaguinos furiosos intentando subir a los vagones en hora pico.

De ahí pasaron mil y una cosas. De mi amor nació el tuyo, o del tuyo el mío y así. Me enamoré y te enamoraste, pero la vida no era simple y nada ni nadie es perfecto. Los putos "pero" aparecían a la orden del día. Tú en tu primer año fuera del colegio y yo en primero de media; era todo una locura, el escapar los fines de semana para poder verte, porque yo no había nacido santiaguina y me lamentaba por ello mil veces entre los barrotes de la ventana en casa de mi papá.

Un día de tantos decidiste dejarme, así sin más explicaciones. Mi mundo entero se fue a la misma mierda y tenía muchas más cosas que enfrentar de allí en adelante.

Llegué a ser tan amiga de mi mamá, que le contaba todas y cada una de las veces que lloraba por ti; la llamaba todos los días por teléfono para que me contara cosas guay, pero al final todo lo que hacía era preguntarme por cómo estaba yo, si me acostumbraba a vivir sola con mi papá y si estaba más flaca que antes.

"Estoy más destruída que antes, mamá. Estoy hecha la misma bolsa de lágrimas que te dejó una vez."

Mi papá no sabía qué hacer conmigo, porque se sentía un mal padre, por no entender lo que yo sentía ni descifrarme los pensamientos. Y tú no estabas...

Sé que no sólo se te hizo difícil dejarme, sé, además, que nunca dejaste de pensar en mi. Sé que te perdiste entre sábanas ajenas y que tocaste a otras; sé que las besaste pensando en mi mil veces y sé que todos tus deseos estaban enfocados en mi cuerpo de niña y no en los de esas mujeres con curvas impresionantes. Tú preferías mil veces mi cadera no desarrollada y mis pecas; te gustaban más mis ojos cubiertos por unas gafas de pasta, que las miradas perfectas de las mujeres preciosas con las que dormías...

Y para mi era lo mismo. Nunca pude querer a otra persona, por más que lo intenté, siempre estabas ahí, era como si me persiguieras hasta en los sueños. Cada letra y cada palabra que escribí en esos cinco años eran para ti. Todo era para ti, mis dibujos, mis composiciones, mis cuentos, las letras, la poesía y las lágrimas.

Cada noche de fiesta vacía que me di con mis amigos, cada vodka que me tomaba al seco llorando en la casa de Samuel, cada porro que me tiré con la Valo...Cada noche que las sábanas me quemaban la piel porque no estabas, todo, todo era por ti. Y no me arrepiento de nada, lo juro.

Sé que cada día de esos cinco años sin tí me sirvió para crecer un poco, o para retroceder otro tanto necesario. Pero te doy las gracias infinitamente, mi amor, porque si no hubiéramos pasado ese largo tiempo separados, no valoraríamos cada minuto juntos como lo hacemos ahora, ni cada beso de esos pequeñitos que nos dimos en Santa Isabel el veinte de diciembre...

Toda esta historia nos ha servido de algo. Quizás no te lo he dicho aún, pero cada minuto que pasa y sé que estás del otro lado del teléfono escuchando mi voz o leyendo cada uno de los textos que te doy a diario, estoy más segura de que será contigo con quien haga el amor escuchando a Chopin, y sé que contigo despertaré todas las mañanas durante setenta y ocho veranos más.

Sé que dentro de algún tiempo tendremos que despertar a mitad de la noche y hacer el turno para la mamadera del mayor de nuestros hijos. Y sé que siempre tendremos un tema de qué hablar, un domingo para escapar solos o una cena de viernes con tres niños y un perro jugando en la sala, mientras me besas con sabor a un buen Sauvignon Blanc, ese que nos gusta tanto.

Gracias por todo, Diego.